Los
jueves son el núcleo de mi semana. Pues es ese día cuando me enfrentó a la
materia periodismo III (reportajes). El jueves de esta semana fue muy difícil
pues mi clase hizo evaluaciones conjuntas a los reportajes que cada alumno
entregó (solo a los titulares, sumarios y entradas).
En el post siguiente a este les daré un
resumen de los principales errores que cometió mi clase (me incluyo). Mientras,
en esta publicación reflexionaré en torno a mi equivocación, de la cual hablo a
continuación:
Mi error fue opinar sin tener autoridad. Al menos en el titular, que
reza: “Venezuela habla inglés tan mal como lo enseña”. La frialdad y generalización
de mi titular me resulto preocupante, luego de que me los señalaran en la
clase, porque no era consciente de que estaba opinando (y de paso
arrogantemente) hasta que me lo dijeron.
Cuando me senté a pensar el titular y sumario
repasé mentalmente lo que me habían enseñado, en clase, lo que estos debían mostrar:
el descubrimiento principal. Así que eso fue lo que escribí, con hiriente franqueza,
tal vez algo inmadura, ahora que lo pienso. Pero no digo esto para excusarme;
si no porque, ahora, me doy cuenta de lo fácil que es caer en este error inconscientemente.
Tal vez es por ello que la llamada objetividad
periodística es tan difícil de conseguir. Es muy sencillo ver las noticias y
reprochar la falta de imparcialidad del medio o del periodista en cuestión.
Pero es muy diferente cuando estas dentro de este mundo, el periodístico. Empapándote
de información sobre el tema que investigas (lo cual puede hacerte sentir que
tienes autoridad para opinar sobre algo, cuando no es así). Escuchando casi la
misma línea de opinión, en ciertos casos, por parte de tus entrevistados
(llegando a creer, entonces, que esa es la una realidad existente). Y teniendo
que hacer, sin falta, equilibrismo entre los diferentes lados/versiones de una
situación, a pesar que el centro no siempre es la mejor opción (como en el caso
de la pedofilia, tal vez).
Con esto no quiero decir que debemos excusar y
tolerar la falta de objetividad por parte de aquellos que laboran en el periodismo.
Pero es importante sincerisarce (digo, con la toda la humildad que puedo ofrecer)
acerca de estas situaciones; para entender cómo hacer un mejor trabajo (y no
solo para tener una buena nota).
Enfocándonos de nuevo en mi caso: Creo,
a base de lo que explicó mi profesora, que abordé el tema (el nivel del inglés
en Venezuela) prejuiciada. Y no dudo en darle la razón, pues enfoqué mi
investigación en entender por qué no tenemos un mejor inglés (saltándome el “qué”
hay), dada nuestra cercanía geográfica a E.E.U.U. y teniendo nuestros
televisores, radios y cines inundados con material en esa lengua anglosajona. A
pesar de que a todos mis entrevistados les pregunté cómo percibían el nivel del
país (o de sus alumnos, en algunos casos). Pero reflexionando me doy cuenta que pregunte
acerca de esto último por mera formalidad. Ahora temo haber influenciado a mis
entrevistados (al percibir su ya existente inclinación hacia la tesis de que el
inglés venezolano es deficiente).
Mientras
el inicio de mi reportaje era evaluado colectivamente yo lucía muy serena y
atenta, pero la verdad es que tenía dos “mini yo” al interior de mi mente. Una
gritaba: “¡No estaba opinando! Esos son los descubrimientos de mi trabajo, ¡no
es mi culpa que a la gente le duela la verdad! O que mi opinión personal,
casualmente coincidiera. ¡No escribí en primera persona así que no son “mis”
palabras!” Y la otra exclamaba: “¡Cállate! Deja la arrogancia y escucha lo que te
dicen”.
Le hice caso a la segunda y me concentré en entender
los señalamientos de mi profesora. Entonces vi que este arrogante error (opinar sin autoridad) pudo evitarse si
simplemente hubiera dejado hablar a los datos y entrevistados por mí. ¿Para qué
ponerme la soga al cuello diciendo con mi voz (presente más allá del tipo de
narrador que se emplee): “Venezuela habla mal inglés” cuando tenía un estudio demostrándolo?
¿Para qué ponerme a dar consejos o sentencias cuando el lector solo los tomará
en serio, o de buena manera, si son mis entrevistados-expertos quienes dan las recomendaciones?
¿Por qué habría alguien hacerle caso a
la opinión de una joven desconocida? Y más aún: ¿por qué habría yo, o alguien
con las características de un novato como lo soy, tener una opinión realmente
valedera? Con esto no quiero decir que
ser joven sea sinónimo de ser un descerebrado sin nada bueno que decir. Pero
debemos reconocer, humildemente, que –a los jóvenes- nos queda mucho que
aprender e incluso a los 80 años no lo sabremos todo y lo que pensemos (ahora o
en el futuro) no tiene porqué ser correcto o agradarle a los demás.
Opinar sin autoridad, aconsejar y
sentenciar tienen su raíz en la arrogancia, al menos en mi caso. De hecho si
tuviera que asignarle un pecado capital a mis errores en este primer reportaje
sería el orgullo. Cuando elegí mi tema me dije “quiero hablar de cosas
importantes, llamar la atención sobre los problemas que tiene nuestra sociedad
para que la gente empiece a buscar soluciones”. Allí, viendo en retrospectiva,
ya había señales de mi arrogancia (bien intencionada, quiero creer, pero
arrogancia al fin). Y cuando redacte mi titular muchos compañeros me dijeron que
debía suavizarlo. Pero me negué pensando hacia mis adentros: “¡claro! Consintamos
a la gente, alimentemos el modelo paternalista y digámosle ‘agugu tata, tu
inglés es bellísimo bebeshito lindo’”. ¡Qué pesada puedo ser!
Jamás me detuve a pensar que,
probablemente, yo no era quien tenía que decirle a la gente qué hacer (como un
dictador que toma el control total alegando que solo él sabe qué es lo que conviene)
o si los temas en los que estaba pensando y el enfoque que les estaba asignando
eran los realmente importantes o si así lo percibían otros. Lo que me recuerda
a una escena del anime The twelve kingdoms en la cual un viejo sabio le
pregunta a la reina, que está aprendiendo de él para ser una mejor gobernante,
qué es lo que el pueblo necesitaría para sobrevivir el invierno. Ella
respondió, luego de pensar un momento, que un refugio, para protegerse del
frío. Pero un niño pobre y huérfano, que los escuchaba, dijo: ¿no sería
alimento? Y es que, como explicó el sabio, la reina (que venía de nuestro mundo
y llegó a uno de naturaleza feudal) nunca había pasado necesidad, así que no
podía saber a ciencia cierta lo que requería la gente de su reino.
Así como la reina yo le atribuí a mi
tema y a mi enfoque el grado de importancia que yo quise y no el que realmente
tenían, o el que los demás (la sociedad) le asignaban.
Por supuesto, todo tema, en menor o
mayor medida, es importante y elegible para hacer un reportaje. Sería otro
error de arrogancia decir lo contrario. Pero el punto de todo esto es que tener
presente a los lectores a cada momento de la realización del reportaje es
vital. Entendiendo que los lectores no son una masa homogénea que sigue una
sola línea de pensamiento.
La mayoría de los que leyeron mi reportaje sí tenían
conocimiento del inglés y se sentían ofendidos con mi brusco y generalizador
titular. Y allí me di cuenta que, no solo hay un importante sector de lectores
que no tomé en consideración al escribir o incluso al investigar; si no que los
lectores que en realidad no saben inglés (o no tienen buen nivel en dicho
idioma) tal vez no son consientes de su carencia –me encontré muchos individuos
así en la investigación- y por tanto no
pueden aceptar el duro titular que les dediqué.
Y de todas formas ¿a quién le gusta ser
criticado de tal forma? A mí no, y ya veo que a los lectores tampoco.
Resumen de mis errores:
-Opinar
sin autoridad
-
No apartar mis prejuicios
-
Dar consejos
-
No tomar distancia
-
No pensar en los que podrían pensar diferente a mí
-
Generalizar
-
Falta de coherencia entre el titular y la entrada (dónde hable de una chica que
sí logró aprender inglés en Venezuela)
Y recuerden: ¡es fácil herir al
lector!